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Pocas veces el Barcelona y el Real Madrid se han diferenciado tanto en la manera de hacer un camino como desde que Guardiola y Mourinho lideran ambas escuadras. Destacados en la Liga, a un paso de jugar la final de Copa más apasionante que se recuerda en los últimos años y favoritos máximos para la cita de Wembley, ambos equipos buscan los mismos objetivos recorriendo caminos absolutamente opuestos en el estilo.

Desde Barcelona se observa con indisimulada satisfacción las columnas de humo que se vislumbran en la Casa Blanca tras cada comparecencia pública de su entrenador, pero nadie se fía. Desde el oasis, la tormenta de arena perpetua en casa del rival sirve para constatar qué bien se está bajo la palmera entre los amigos, pero es tradición, que el Madrid navegue mejor en el caos que en calma chicha.

A ojos de un observador imparcial, todos los pronunciamientos se adivinan favorables a los catalanes. Mientras el entrenador del Barça es el paradigma del hombre de club que asume el bien de la entidad por encima del rédito inmediato (venta de Chygrynskiy o renovación de Alves), en el Madrid, el técnico prima el éxito inmediato sabedor de que es ave de paso. Por eso, se rebela ante la no renovación de Pepe o no deja de pedir la llegada de un ‘9’ de emergencia.

Dentro del barcelonismo, se ve con cierta condescendencia el problema generado por el fichaje de un nueve y las trifulcas que genera éste entre Valdano y Mourinho, quienes se lanzan chinitas desde diversas salas de prensa. Por contra, Guardiola remite obligatoriamente a Zubizarreta cualquier decisión deportiva de medio plazo. De hecho, Pep fue el que convenció a un reticente Rosell para que fichara al vasco como recambio de Begiristain. Zubi y Pep son uno.

Una unidad que ha unido su destino. Si sigue uno, seguirá el otro, en claro contraste con lo que pasa en el Madrid, donde parece poco probable una nueva cohabitación de Valdano y Mourinho el curso que viene.

Benzema vs Afellay. Esta convergencia de intereses en Can Barça fue incluso puesta como ejemplo por Mourinho, quien, según comentan desde el Barça, dijo que quería sentirse como Pep, que pidió a Afellay para invierno y no hubo problema, mientras él está sudando la gota gorda para lograr traer a un delantero.

Y todo esto coincide con una época en la que las relaciones entre presidentes y entre los clubes a nivel institucional pasan por uno de sus momentos más tranquilos. Rosell y Pérez, además de compartir un estilo de mandato basado en la poca exposición mediática, tienen una afinidad personal que nunca se hubiera dado con Laporta en el palco del Camp Nou.

Así pues, el Barça disfruta de una momentánea superioridad deportiva y moral, aún a sabiendas que ésta se ejerce sobre un rival que es como decía un técnico de la casa, “Terminator, nunca lo acabas de matar, siempre resucita”.

Fuente: As.com