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Hace unos días leía una interesante reflexión de John Carlin en El País sobre Xavi Hernández, aunque no la comparto. Pero viene a cuento de lo mucho que a un amplio sector del periodismo y la crítica le cuesta reconocer los méritos del actual Barcelona. Se fijaba el periodista en una frase de Xavi en el transcurso de una reciente entrevista. Venía a decir Xavi que determinado jugador, el que sea, le parecía muy bueno y apto para jugar en el Barça. Entendía Carlin que en esa frase del centrocampista blaugrana se escondía cierta prepotencia, como si los jugadores del Barcelona analizaran al resto desde una atalaya inaccesible a los mortales. Lo que en realidad era el principio del fin del imperial ciclo blaugrana, una prueba que delataba una futura defunción, ahogados por el éxito.

Me resulta contra natura entender que nada de lo que diga o haga Xavi es producto de la prepotencia. Es imposible. Xavi sabe que como juega su equipo no lo hace nadie en el mundo, por eso reconoce que no todos los jugadores pueden adaptarse al Barcelona por muy buenos que sean. Le ha pasado a Ibrahimovic, por poner un ejemplo. Y lo está sufriendo Mascherano, que es internacional con la selección argentina, fichado del Liverpool para ser suplente en el Barça.

Bastan un par de resultados regulares del equipo de Guardiola, o tres, para que inmediatamente se hable de un Barça que ya no es lo mismo. No es lo mismo, no sé de qué, porque son la gente que jamás ha dicho que este Barcelona sea lo que realmente es, un equipo único e irrepetible. Modelo no sólo por lo mucho que gana –seis títulos hace dos años, todo lo que estaba en juego- sino por un inconfundible estilo que es admiración mundial. El equipo con el que le toca luchar a un formidable Real Madrid que fue vapuleado hasta la humillación en el único enfrentamiento directo entre ambos en lo que llevamos de temporada.

El Barça ya no es lo mismo, lo dicen quienes le han negado hasta el absurdo el elogio al equipo de los Xavi, Iniesta, Messi y compañía. Me pregunto por qué las cosas no pueden ser más normales. Por qué tanto prejuicio impide ver la belleza de un equipo, un estilo, un modelo y una idea. Por no hablar de las excelencias de un entrenador, Pep Guardiola, que no duda en reconocer la fortaleza y las virtudes de sus adversarios. Y lo hace con la victoria y el éxito en la mano, el que le falta a todos aquellos que llevan tres años racaneando para no reconocer la evidencia. La de un equipo que es un lujo para la vista, incluso la de aquellos que se pusieron una venda porque prefieren entender que la tierra no es redonda. Sólo en su ignorancia se sientes felices. Tan pobres ellos.

Juan Carlos Rivero

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